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Trabajo la cerámica como quien reconstruye fragmentos de memoria.

Cada pieza pertenece al mismo hilo conductor que atraviesa mi obra desde hace más de 13 años: Soy una Venus.
La cerámica no aparece como algo separado, sino como otra voz dentro de la misma historia.

Barro

En el barro encontré lentitud.
Silencio.
Paciencia.
Y también descubrí algo profundamente personal: que todavía soy capaz de aprender, de equivocarme y de crear cosas que antes creía imposibles.

Fuego

Me interesa el fuego como un espacio de transformación. Hay algo profundamente humano en entregar una pieza frágil al calor sin tener control absoluto sobre lo que regresará.

Paciencia

La cerámica me enseñó paciencia, lentitud y confianza en mí misma.
Me hizo entender que muchas veces los límites aparecen antes en la mente que en las manos.

Pensé que no sabía esculpir.
Hasta que empecé.

Mecanismos de dominación

La lagartija aparece en mi trabajo desde un recuerdo de infancia.
No como un animal exótico ni decorativo, sino como un cuerpo pequeño sobre el que ejercíamos mecanismos de control y dominación.

De niñas y niños muchas veces repetimos conductas aprendidas: perseguir, atrapar, intervenir o jugar con aquello que consideramos más débil.
La lagartija se convierte entonces en un símbolo silencioso de esas relaciones de poder naturalizadas dentro de la vida cotidiana.

Con el tiempo entendí que ese gesto aparentemente inocente hablaba también de estructuras más profundas: del dominio sobre otros cuerpos, del miedo, de la fragilidad y de la necesidad humana de controlar aquello que parece vulnerable.

En mi obra, la lagartija deja de ser solamente un recuerdo de infancia y se transforma en una metáfora del cuerpo expuesto frente a fuerzas externas que intentan sujetarlo, modificarlo o invadirlo.

Los pétalos de rosa aparecen como contrapunto: delicadeza, afecto y memoria emocional frente a la tensión del control.



Diosas nacidas del barro y la memoria

Mis diosas nacen desde el barro, pero también desde la memoria.

Cada una de ellas representa una etapa, una emoción, una herida, una transformación.

Han sido creadas lentamente, a lo largo del tiempo, permitiéndoles encontrar su propia personalidad, su propio lenguaje y su propia presencia.

Todas son distintas.

No existen dos iguales.

Sus cuerpos robustos y monumentales hablan desde aquello que históricamente ha sido señalado, ocultado o corregido. Sus pieles contienen símbolos, palabras, cicatrices, colores y pequeños rastros de historias íntimas.

Ellas hablan con el cuerpo.



Amuletos íntimos de protección

Estas piezas nacen como pequeños amuletos íntimos de protección.
Cada una contiene una Venus diminuta en su interior: una figura simbólica que representa el cuerpo, la memoria, el deseo y la reconciliación con una misma.

Modeladas y esmaltadas a mano, todas las piezas son únicas e irrepetibles. Sus formas, colores y dimensiones cambian como cambian también nuestras historias, nuestros cuerpos y nuestras heridas.

La vulva aparece aquí no desde lo explícito, sino como portal simbólico: un espacio de resguardo, invocación y transformación.
La pequeña Venus que habita dentro funciona como un objeto ritual y afectivo, pensado para ser guardado, acompañado y llevado consigo como un recordatorio de protección, autonomía y deseo propio.

Cada amuleto incluye un pequeño ritual de activación:
sostener, ofrendar, invocar y custodiar.
Un gesto íntimo que convierte la pieza en un vínculo personal entre quien la porta y aquello que necesita sanar, proteger o recuperar.

Estas piezas hablan de:

— fertilidad creativa y biológica
— protección del cuerpo
— deseo sin culpa
— reconciliación con el placer
— sanación transgeneracional
— recuperación del deseo propio

Más que objetos utilitarios, son pequeñas reliquias contemporáneas:
portales simbólicos para volver al cuerpo desde el cuidado, la memoria y la intuición.

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Dijes de jade y memoria



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